Naftalina...

29 de septiembre de 2008

La primera manta en la cama marca la transición entre el verano y el otoño (que dura exactamente lo que tarda en llegar el invierno, como le gusta decir a Sabina). Esta primera manta que echas encima del edredón de verano, ni siquiera la metes dentro de la cama, solo encima, y por eso, hay una dura competición entre las orejas y los pies. Porque si se te hielan los pies estiras la manta hacia abajo y entonces el frio pasa a las orejas. Entonces estiras hacia arriba, y el frio baja a los pies...Y así puedes estar toda la noche, e incluso unos días, hasta que decides que ya es hora de incorporar esa primera manta entre las sábanas, y ahí estará todo el invierno.

Tener una habitación como ropero hace que en los cambios de estaciones no encuentres nada, porque se juntan las cajas de la ropa de verano que vas guardando, con la ropa de invierno que vas sacando, y tienes que entrar a saltos, intenando no pisar aquel pijama de verano que ha quedado en el suelo, la caja de los jerseys, o las toallas de la playa.

En esta habitación se suele entrar solamente dos veces al año: en marzo-abril, y en septiembre-octubre, lo que hace que la naftalina que ya usaba la abuela sea un olor fácilmente percibible. Entras, buscas entre las cajas, la cama, el cofre antiguo, la cómoda de los abuelos...Y por fin, la manta. Sales de la habitación, creyendo dejar atrás el olor a naftalina. Pero con la puerta cerrada y la manta en la mano te das cuenta de que el olor te sigue. Y crees que se te ha metido en la nariz...

Por fin, ya en nuestro destino final, yo y mi manta, mi manta y yo...La extiendo sobre la cama, ya la meteré en unos dias, pienso, seguramente creyendo que todavía hará calor un día de esta semana.

Y el olor a naftalina sale de la manta, hacia arriba, hacia todas partes.

Hoy serán mis pies los que pasen frío. Prefiero tener la manta cerca de mis orejas...Y de mi nariz.

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